Saga de la Dama Esquiva
Algunas notas sobre la DAMA ESQUIVA en la poesía de los Siglos de Oro
Un tópico muy recurrente en la literatura de los Siglos de Oro Españoles es el de la dama esquiva o bella dama sin piedad, aunque no es exclusivo de España, es un tópico de la literatura occidental y tiene sus orígenes en la poesía de las cortes provenzales, que recoge las ideas platónicas sobre el amor. En la poesía de las cortes provenzales se exaltó a la mujer, se la idealizó: la belleza de la mujer es un don de Natura, una especie de delegada de la divinidad; al mismo tiempo, la belleza es una escala hacia la comunión con un principio creador, con la esencia, y el amor a la mujer bella es una de las vías para la elevación espiritual, que conduce a esa unión con las esencias o con el mundo, también creado por Amor. Pero la belleza del cuerpo, casa del alma, exige una concordancia con la belleza del alma, de naturaleza esencial. Son idealizadas la dos bellezas, aunque con diverso grado a través del tiempo. En cualquier forma, si el amor entra por la vista y es sensual en un primer momento, corpóreo, pasa luego a ser espiritual, se ama el alma. La mujer no es un ser pasivo en esta relación amorosa: ser con alma, es individual y libre. Consecuencia de esto es que el amante pide respuesta y puede recibirla, o no.
Surgido en las cortes e Provenza, este amor crea un código amatorio cortés que se continúa al Renacimiento. El amante cortés es un servidor de dama, que no es su esposa, ni se pretende que lo sea. En pago a sus servicios y cuidados, esperaba compasión y merced. La merced y el reconocimiento constituían su galardón. En la tradición cortesana el amor no satisfecho es considerado el más intenso. La satisfacción podía acarrear consecuencias trágicas o acabar con el sentimiento. Cuando el poeta se duele de la esquivez de la dama para otorgarle el galardón, es más bien para expresar la turbación que el sentimiento hacia ella le provoca., no para obtener el premio, pues la honestidad, una de las bellezas de la dama, puede entrar en juego. Así, Petrarca dice:
Un tópico muy recurrente en la literatura de los Siglos de Oro Españoles es el de la dama esquiva o bella dama sin piedad, aunque no es exclusivo de España, es un tópico de la literatura occidental y tiene sus orígenes en la poesía de las cortes provenzales, que recoge las ideas platónicas sobre el amor. En la poesía de las cortes provenzales se exaltó a la mujer, se la idealizó: la belleza de la mujer es un don de Natura, una especie de delegada de la divinidad; al mismo tiempo, la belleza es una escala hacia la comunión con un principio creador, con la esencia, y el amor a la mujer bella es una de las vías para la elevación espiritual, que conduce a esa unión con las esencias o con el mundo, también creado por Amor. Pero la belleza del cuerpo, casa del alma, exige una concordancia con la belleza del alma, de naturaleza esencial. Son idealizadas la dos bellezas, aunque con diverso grado a través del tiempo. En cualquier forma, si el amor entra por la vista y es sensual en un primer momento, corpóreo, pasa luego a ser espiritual, se ama el alma. La mujer no es un ser pasivo en esta relación amorosa: ser con alma, es individual y libre. Consecuencia de esto es que el amante pide respuesta y puede recibirla, o no.
Surgido en las cortes e Provenza, este amor crea un código amatorio cortés que se continúa al Renacimiento. El amante cortés es un servidor de dama, que no es su esposa, ni se pretende que lo sea. En pago a sus servicios y cuidados, esperaba compasión y merced. La merced y el reconocimiento constituían su galardón. En la tradición cortesana el amor no satisfecho es considerado el más intenso. La satisfacción podía acarrear consecuencias trágicas o acabar con el sentimiento. Cuando el poeta se duele de la esquivez de la dama para otorgarle el galardón, es más bien para expresar la turbación que el sentimiento hacia ella le provoca., no para obtener el premio, pues la honestidad, una de las bellezas de la dama, puede entrar en juego. Así, Petrarca dice:
... una que es tierra
dio dolor
a mi corazón,
que cuando vivía mantuvo en llanto;
y de mis mil sufrimientos,
ni uno conocía;
de conocerlos, igualmente lo que ocurrió hubiera ocurrido;
que cualquier otra actitud de ella
era muerte para mí, y para ella negra infamia...
Al que la mujer deba por honestidad mostrar una actitud de rechazo para satisfacer al amante, se agrega su libre albedrío: la mujer no es pasiva y puede negar sus favores; también la propia idealización de que es objeto la vuelve más inalcanzable; y se añade a los obstáculos el origen cortés del amor, donde el amante era gentil y la dama noble.
La no satisfacción, fueran unas u otras las causas, hacen que el amor, por definición principio vital cósmico, sea también principio de muerte. Fuente de goce; también de dolor. Estas ideas ya aparecen en la lírica provenzal, son recogidas por los cancioneros y Petrarca; después se extenderían por Europa en el Renacimiento. El amor es una serie de contrastes; el mal y su remedio. Para muestra, recuérdese a Quevedo: “Es hielo abrasador, es fuego helado...”
Si el amor es principio vital que anima a la Naturaleza, el elogio y las descripciones de ella están ligadas con aquél. Por ejemplo, véanse las Églogas de Garcilaso. Amor ordena a la Naturaleza. Amar es una ley universal, la dama que no la cumple está rompiendo el orden cósmico y los reproches de los poetas operan en ese sentido para convencer a la dama y lograr así se restablezca la armonía rota. De este modo, Boscán en “Octava rima” dice que el amor “a cosas altas nos levanta”. Si falta amor, todo se paraliza y se pierde. La mujer no debe ser dura con el amante porque la mitología dice
dio dolor
a mi corazón,
que cuando vivía mantuvo en llanto;
y de mis mil sufrimientos,
ni uno conocía;
de conocerlos, igualmente lo que ocurrió hubiera ocurrido;
que cualquier otra actitud de ella
era muerte para mí, y para ella negra infamia...
Al que la mujer deba por honestidad mostrar una actitud de rechazo para satisfacer al amante, se agrega su libre albedrío: la mujer no es pasiva y puede negar sus favores; también la propia idealización de que es objeto la vuelve más inalcanzable; y se añade a los obstáculos el origen cortés del amor, donde el amante era gentil y la dama noble.
La no satisfacción, fueran unas u otras las causas, hacen que el amor, por definición principio vital cósmico, sea también principio de muerte. Fuente de goce; también de dolor. Estas ideas ya aparecen en la lírica provenzal, son recogidas por los cancioneros y Petrarca; después se extenderían por Europa en el Renacimiento. El amor es una serie de contrastes; el mal y su remedio. Para muestra, recuérdese a Quevedo: “Es hielo abrasador, es fuego helado...”
Si el amor es principio vital que anima a la Naturaleza, el elogio y las descripciones de ella están ligadas con aquél. Por ejemplo, véanse las Églogas de Garcilaso. Amor ordena a la Naturaleza. Amar es una ley universal, la dama que no la cumple está rompiendo el orden cósmico y los reproches de los poetas operan en ese sentido para convencer a la dama y lograr así se restablezca la armonía rota. De este modo, Boscán en “Octava rima” dice que el amor “a cosas altas nos levanta”. Si falta amor, todo se paraliza y se pierde. La mujer no debe ser dura con el amante porque la mitología dice
“que infinitas mujeres estimadas
fueron, por ser de amor siempre enemigas,
en piedras o alimañas transformadas”,
[pues]
“el corazón que en desamar es fuerte,
de lance en lance veis que se endurece”.
El ejemplo aleccionador de la mitología es frecuente para cambiar la actitud de la dama y se agregan algunas leyendas. Están los casos de Dafne con Garcilaso o Hurtado de Mendoza; Anaxárete, también en Garcilaso; Narciso, en Figueroa; la fuente Siciliana que vuelve piedra lo que moja, en Quevedo.
La belleza, don divino, de Amor, es incompatible con la crueldad o dureza de la amada. La belleza física debería ser trasunto de la belleza espiritual, de la caridad, de la bondad. Quevedo y Cetina se interrogan por ello cuál es la causa de aquella falta de concordancia, por el origen de la dureza. Tal vez su línea –suponen—no sea celeste, sino terrena: “...De cuál feral, de cuál furiosa Enio / informas el rigor de tus entrañas? ...”, pregunta Quevedo. O bien, en la duda llama hipócrita a la belleza: “... Esas hermosa furias, con que engañas, / por qué hipócritas son de efecto pío.”
Cetina se queda con la duda (y con él otros muchos que tomaron su ejemplo o el de la poesía italiana petrarquista) de la incompatibilidad de los ojos claros, serenos y su esquivez o crueldad:
“...Ojos, bien sé que desciende
del cielo vuestra beldad,
pero vuestra crueldad
con vuestra beldad contiende”.
Y, ya que no logra convencer a la dama para que cambie su actitud, por lo menos le pide que no le niegue la vista. Este es ya un galardón por el que se puede vivir. Por la vista “... salen espirtus vivos y encendidos...”, dice Garcilaso.
En la Nueva España, Terrazas arregla el asunto despojando a la dama de una belleza que no le corresponde. El reproche amoroso se torna insulto:
En la Nueva España, Terrazas arregla el asunto despojando a la dama de una belleza que no le corresponde. El reproche amoroso se torna insulto:
“... y todo aquesto así restituido,
veréis que lo que os queda es propio vuestro:
ser áspera, cruel, ingrata y dura”.
Pero esta dureza del poeta es literaria. El amor de Terrazas es más físico, más corpóreo. El amor neoplatónico puro coexiste en algunos poetas con uno más terreno, pero que también idealiza el cuerpo femenino.
Sor Juana es la otra cara de la moneda. A los reproches amorosos masculinos de dureza por no corresponder dice que
Sor Juana es la otra cara de la moneda. A los reproches amorosos masculinos de dureza por no corresponder dice que
“No es amor correspondencia;
causas tiene superiores:
que lo concilian los Astros
o lo engendran perfecciones...”
Sin embargo, para ella la esquivez femenina no se debe en realidad a lo innecesario de la correspondencia en el amor platónico antiguo (el cortesano neoplatónico sí la pide):
“... Él es libre para amarme,
aunque a otra su amor provoque;
¿y no tendré yo la misma libertad en mis acciones?...”
La esquivez la produce el propio amor cortés que da libertad al alma del objeto, ahora sujeto, amado. Para acabar pronto con los reproches amorosos dice en un poema:
“Dices que yo te olvido, Celio, y mientes
en decir que me acuerdo de olvidarte
pues no hay en mi memoria alguna parte
en que, aun como olvidado te presentes...”
De hecho, el tema de la dama esquiva en Occidente se remonta a los autores de la antigüedad grecolatina; Propercio y Catulo serían dos de ellos. Pero la moderna tradición poética tiene sus orígenes en la lírica provenzal y por eso de ahí partimos. Tal vez no haya un solo autor de nuestros Siglos de Oro que no se duela de la amada o la anatemice, pero enumerarlos sería infinito.